Cuando las buenas obras
no son suficientes

Las obras que traen alabanza y gloria a Dios no son las obras concebidas únicamente por el diseño del hombre, sino “las buenas obras que Dios predestinó (planeó de antemano) para nosotros”

Por LLOYD I. CASTRO

(Traducido al español por RONALDO FLOR)

EL MIEDO AL SUFRIMIENTO ETERNO en el infierno y la esperanza por la felicidad eterna en el cielo han llevado a la gente a hacer grandes esfuerzos por adquirir buenas virtudes y hacer obras de bondad. Sin embargo, muchos no consideran que la membresía a la Iglesia sea una de las buenas obras que se debe hacer. O, si pertenecen a una iglesia, generalmente por nacimiento o elección personal, creen que todas las iglesias o religiones son de Dios, por lo que aquella a la que pertenecen es igual de buena como cualquier otra. O tal vez se aferran a la noción de que la membresía o no membresía a cualquier iglesia es irrelevante y que pueden agradar a Dios y esperar ser salvos siempre y cuando posean bondad, por superficial que sea, y realicen buenas obras, sean cuales sean.

Sin embargo, estas creencias no solo carecen de base bíblica, sino que se oponen abiertamente a las enseñanzas apostólicas. La noción popular de que uno simplemente tiene que hacer buenas obras para ser salvo es claramente falsa. El apóstol Pablo dijo que el hombre por sí solo no puede hacer el bien, como se expresa en su carta a los cristianos romanos:

“Porque yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza débil, no reside el bien; pues aunque tengo el deseo de hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo.” (Rom. 7:18 Dios Habla Hoy)

La incapacidad del hombre para hacer el bien

El apóstol Pablo, hablando no solo por sí mismo sino por toda la humanidad, dijo que puede desear hacer el bien pero no puede hacerlo. Explicó por qué:

“En mi interior me gusta la ley de Dios, pero veo en mí algo que se opone a mi capacidad de razonar: es la ley del pecado, que está en mí y que me tiene preso.” (Rom. 7:22-23 DHH)

Desde Adán, el hombre rechazó la ley de Dios y, en cambio, dejó que otra ley, la del pecado, reinase sobre él. La naturaleza humana se volvió de tal manera, débil y esclava del pecado. Ni siquiera los justos están libres de esta prisión. El sabio rey Salomón demuestra que “No hay en la tierra nadie tan justo que haga el bien y nunca peque” (Ecl. 7:20 Nueva Versión Internacional).

No importa cuán cuidadoso sea un hombre al manejar sus propios asuntos, de una manera u otra, cae preso de los errores, tentaciones y mera negligencia para pensar, decir o hacer lo que es correcto. Por lo tanto, peca (1 Juan 3:4). Puede ser justo según las normas humanas, pero no según las de Dios, porque todos pecaron menos nuestro Señor Jesucristo (Rom. 3: 10-12, 23; 1 Ped. 2: 21-22). Por lo tanto, todo el mundo de pecadores no puede evitar enfrentarse a la justicia de Dios:

“Sabemos que todo lo que dice el libro de la ley, lo dice a quienes están sometidos a ella, para que todos callen y el mundo entero caiga bajo el juicio de Dios.” (Rom. 3:19 DHH)

El veredicto de Dios es destruir a todos los impíos con fuego en el Día del Juicio (II Ped. 3: 7, 10). La bondad y las buenas obras del hombre no pueden utilizarse como justificación de la base de su salvación. De lo contrario, sería como si Dios estuviera endeudado con él:

“Ahora bien, al que trabaja, el salario no se le cuenta como favor, sino como deuda.” (Rom. 4:4 La Biblia de las Américas)

La salvación es por la gracia y no como pago de una deuda. Dios no le debe la salvación a ningún hombre solo porque ese hombre hizo buenas obras. Al contrario, es el hombre quien Le debe a Dios porque no importa cuán justo sea, el hombre todavía tiene el pecado que debe pagar con la muerte (Rom. 6:23). Será castigado en el lago de fuego, que es la muerte segunda (Apoc. 20:14).

La obra agradable a Dios

Sin embargo, esto no debe llevar a nadie a pensar que debe eliminar la bondad y poner sus ojos en el mal, ya que su bondad solo será en vano cuando llegue el Día del Juicio. Los buenos rasgos y obras, por supuesto, tienen un gran valor, en esta vida, ante otras personas y para la sociedad en general. Estar consciente del verdadero estado del hombre, como se discutió anteriormente, debe llevarle a uno a encontrar aquello que le permitirá hacer las buenas obras que honran a Dios. La carta del apóstol Pablo a los Colosenses indicó que él sabía de personas bendecidas por haberlo encontrado. De hecho, les exhortó:

“Para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios.” (Col. 1:10 LBLA)

De las inspiradoras palabras del apóstol Pablo se desprende claramente que hay una manera para que el hombre pueda ser fructífero en toda buena obra para que “…andéis como es digno del Señor, agradándole en todo.” Pero, ¿no es el mismo Apóstol que dijo que el hombre no puede hacer el bien? ¿Cómo puede una persona hacer el bien? ¿Cuál es esa buena obra en la que uno debe ser fructífero? El Apóstol Pablo también aclaró esto, cuando enseñó a los primeros cristianos a ser “llenos del fruto de justicia que se produce por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.” (Fil. 1:11 NVI).

Solo por medio de Cristo

Las obras que traen alabanza y gloria a Dios son los frutos de la justicia que solo se pueden hacer por medio del Señor Jesucristo. Estas no son las obras concebidas únicamente por el diseño del hombre, sino las “… buenas obras que Dios predestinó (planeó de antemano) para nosotros” (Efe. 2:10 Amplified Bible*; Tito 3:5). El Señor Jesucristo mostró además, la importancia y la relación que existe al permanecer en Él:

“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:4-5 LBLA)

Así como un sarmiento separado de la vid no puede dar fruto, tampoco una persona separada de Cristo. Cristo es la vid y Su pueblo son los sarmientos. Por tanto, solo el pueblo de Cristo puede dar frutos de justicia. Cristo explicó cómo Su pueblo se convirtió en Sus sarmientos. Él dijo que:

“No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure. Así el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre.” (Juan 15:16 NVI)

Por lo tanto, no es cierto que solo porque uno creyó en Jesús y decidió personalmente aceptarlo como Señor y Salvador, ya es de Cristo. Tiene que demostrar que fue elegido por Él.

El pueblo de Cristo, a quien Él designó para servir al Padre, fue llamado a un solo cuerpo, la

Iglesia (2 Tes. 2:14; Col. 3:15; 1:18). Cristo es la vid y también la cabeza del cuerpo y Sus escogidos, los sarmientos, son los miembros de la Iglesia de Cristo (1 Cor. 12:27; Rom. 16:16).

Convertirse en miembro de la Iglesia De Cristo, por lo tanto, es la única manera para que uno pueda realizar obras de justicia dignas del Padre porque un miembro de la Iglesia de Cristo ahora tiene relación con Cristo (Efe. 5: 31-32 AMP*). Por otro lado, los actos de adoración y servicio rendidos a Dios fuera de la Iglesia de Cristo son un esfuerzo inútil, aunque se hagan con celo y máxima preocupación. Esto se debe a que una persona no tiene relación con Cristo a menos que sea parte de Su cuerpo o de la Iglesia De Cristo.

Solo en la Iglesia de Cristo

Las buenas obras de una persona son aceptables ante Dios solo cuando está en la Iglesia de Cristo. Sus buenas obras o su obediencia a los mandamientos de Dios resultarán en la santificación de su alma (Juan 17:17; Rom. 7:12). Él estará entre los que Cristo se presentó a sí mismo, santo y sin mancha (Efe. 5: 26-27).

El Señor Dios valora mucho la adoración y los servicios que Le rinden los miembros de la Iglesia De Cristo porque fueron redimidos por Cristo. El Apóstol Pablo dijo que:

“Dios nos escogió en Cristo desde antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos y sin defecto en su presencia. … En Cristo, gracias a la sangre que derramó, tenemos la liberación y el perdón de los pecados. Pues Dios ha hecho desbordar sobre nosotros las riquezas de su generosidad, dándonos toda sabiduría y entendimiento. (Efe. 1:4, 7 DHH)

Los redimidos mediante la muerte sacrificial de Cristo fueron perdonados de sus pecados. Fueron liberados de la esclavitud del pecado. Cristo ya pagó el precio de sus pecados y, por lo tanto, se salvaron del juicio de Dios. Fueron comprados de ser esclavos del pecado para ser siervos de Dios cuyas obras son justas ante Sus ojos.

Contrario a la creencia de muchos, no todas las personas fueron redimidas por Cristo, solo la Iglesia De Cristo. El Apóstol Pablo señaló esto cuando se dirigió a los ancianos de la Iglesia:

“Tengan cuidado de ustedes mismos y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo les ha puesto como supervisores para apacentar la Iglesia de Cristo la cual Él compró con su propia sangre.” (Hch. 20:28 Traducción Lamsa)

Solo cuando una persona está en la Iglesia De Cristo puede beneficiarse del acto redentor de Cristo. En virtud de esto, pertenece a Dios, porque la Iglesia De Cristo es la nación propia de Dios en estos últimos días. La redención de Cristo es solo para lo que está sujeto a Él, la Iglesia (Efe. 5:24). Fuera de la Iglesia no hay redención. Dado que los que están fuera no son miembros de Su cuerpo, Cristo no puede responder por sus pecados. Pagarán por sus propios pecados con la segunda muerte como castigo definitivo. Por lo tanto, cualquier obra buena que hayan hecho perderá su valor. Este es el significado del pronunciamiento apostólico de que el hombre no puede hacer el bien.

Esto puede herir, desairar o enojar a muchas personas, pero esta es la verdad. Sin embargo, el dolor y el resentimiento seguramente disiparán del que llegue a comprender y creer que su necesidad de ser de Cristo solo se puede satisfacer a través de la membresía a Su Iglesia, la Iglesia De Cristo. Debe rechazar las nociones falsas (1) de que la membresía a la iglesia es innecesaria (unirse a cualquier iglesia lo es, pero unirse a la verdadera Iglesia es muy importante) y (2) que todas las iglesias son de Dios, que el hombre será salvo por ser miembro de cualquier iglesia o religión siempre y cuando realice buenas obras (solo en la única Iglesia verdadera puede el hombre hacer obras que sean buenas ante los ojos de Dios y dignas de salvación).

La creencia firme y la alta estima por esta verdad son las razones por las que los verdaderos miembros de la Iglesia De Cristo se esfuerzan por ser justos en todos sus caminos, devotos en asistir a los servicios de adoración y activos en el cumplimiento de sus diversos deberes dados por Dios, tales como las obras de propagación, actividades de edificación, limpieza y vigilar la casa de oración, entre otras. No se cansan de hacer estas buenas obras con la esperanza de que si permanecen en este estado de su membresía hasta la muerte, estarán seguros de la salvación y la resurrección en el glorioso día del regreso del Señor.

Este artículo se publicó originalmente en la revista Pasugo: God’s Message.